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Los inmigrantes de la selva

La negra historia del desplazamiento en Colombia nunca se escribirá completa. Comenzando porque aún hoy los desplazado no están bien contados. Ni siquiera los desaparecidos. ¿Son tres, dos y medio millones? ¿Son más? Miles deambulan por las ciudades entre la polución y la miseria. Todo un drama humano, un atropello, una injusticia. Ahora se ha descubierto, casi como un milagro, el caso de la familia Higuita, que, ante el macabro acoso de las masacres, no corrió hacia las selvas de cemento, como los centenares de miles de familias del campo, sino hacia selvas vírgenes, en lo profundo del Urabá antioqueño.

Durante 35 años, los Higuita y otros campesinos llevaban una vida tranquila de campo, ranchos de palma, agua cristalina. Comían lo que Dios y la tierra daban. Cultivaban maíz, fríjol, yuca y auyama en aquel paradisíaco punto de la vereda El Tagual, en límites entre Urabá y Córdoba. Incluso bajaban a Carepa y Mutatá a vender y mercar.

Aunque los avances de la civilización no llegaban, eran felices. Pero, en cambio, como en muchas zonas de este país, lo que llegó fue la violencia. Los Higuita, Sigifredo, su esposa, sus hermanos y compañeras y demás prole se internaron en la selva, a comer de su labor y de la caza. Olvidados del mundo exterior. A sobrevivir. Porque la selva acoge, pero también se traga las vidas. Allí pasaron 15 años, y trajeron a la hojarasca en partos de los montes una nueva generación: 13 niños, que no saben que existían los celulares, ni lo médicos, ni las escuelas.

Ahora han vuelto a aparecer. Salieron como de otros tiempos, una abuela de 85 años, cansada, y sus nueras, amarillos como las auyamas, todos con poca salud, pero con vida. Que es la noticia buena y maravillosa. Los masacradores no los encontraron.

Bienvenidos. La alcaldía de Mutatá les dará un terreno para que reemprendan sus vidas en mejores condiciones. Ese es el reto. Que los niños vayan a la escuela y tengan salud y oportunidades. Sobre todo, que haya respeto para sus vidas. No vaya a ser que la paz verdadera solo esté en lo profundo de la selva.

editorial@eltiempo.com.co

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