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¿En manos de quién estuvo la República?

En la memoria de los colombianos quedará grabado para siempre el llamado angustioso del magistrado Alfonso Reyes Echandía, que en medio del más espantoso fuego de metralla pedía suplicante al Presidente de la República un cese del fuego para iniciar conversaciones con los guerrilleros que habían tomado por asalto el Palacio de Justicia al mediodía del 6 de noviembre, hace ya 23 años.

"Que cesen los disparos, todos vamos a morir, los guerrilleros quieren negociar -gritaba-, y sus palabras quedaron allí, entre el humo del incendio y el estallido de las bombas porque el Presidente y Comandante de las fuerzas militares ignoró su llamado y se abstuvo de considerar un alto al fuego.

(Pero habría de apurar un trago amargo, entre muchos: un hijo del inmolado Reyes Echandía, Yesid Reyes Alvarado, devolvía el Decreto de Honores a manos del Presidente, "... aquellas que se negaron a tomar el teléfono para atender la voz suplicante de mi padre, el presidente de la Corte Suprema de Justicia.")

Una paz endeble, un ejecutivo débil a los ojos de los militares que en alta voz hablaban de concesiones extremas a los irregulares y en otra ruta, el descontento de un país que sufría las consecuencias del fracaso económico de Betancur, constituían las circunstancias que precedieron la toma.

A su turno, la concepción fantástica del M19, en su expresión trágica, tuvo máximo despliegue en la acción terrorista de la toma del Palacio de Justicia como quiera que se ejecutó para "recuperar imagen política" y en el mayor exabrupto, para enjuiciar al Presidente por su política de paz, labor que encargaría a la Corte Suprema, bajo la atenta vigilancia de los fusiles insurgentes.

La noche de los generales

El M19 inicia el asalto con la muerte de dos vigilantes y de inmediato fuerzas combinadas del Ejército, la Policía, grupos especiales, y de avanzada los pavorosos tanques, ejecutan un operativo de guerra regular abierta. Cuando los tanques penetran aparatosamente en el Palacio de Justicia, en cuya portada se lee con ironía trágica la inscripción santanderista "Las armas os han dado independencia, las leyes os darán libertad", la Fuerza Armada notifica al señor presidente, al país y al mundo su política de aniquilamiento y exterminio.  

¿Sorprende que el presidente Betancur no haya atendido el llamado de Reyes Echandía? ¿O que no se hubiese cumplido diálogo alguno con el magistrado Reinaldo Arciniegas, liberado por los guerrilleros para tal efecto?

Belisario Betancur, el humanista, hombre que hizo poner de pie a las Naciones Unidas y de rodillas para esperar la muerte a excelsos hombres de la República, admite toda la responsabilidad política, posición que quizá prefiere a la de aquella que lo señala como un hombre acorralado, desbordado por los acontecimientos. La historia no lo absolverá.

Han transcurrido 23 años, el país reabrió en buena hora la investigación sobre los execrables crímenes de los militares en la toma del Palacio, pero a muchos padres y madres y hermanos se les ha negado el derecho de vivir su  duelo. ¿Dónde están los cuerpos de sus hijos del alma?

La nación entera que lloró conmovida cuando el grito angustioso de los magistrados era apagado a cañonazos, que escuchó compungida el llanto imprecante de una mujer en el apresurado funeral de su hombre, no necesita demasiada clarificación de los hechos. Le asiste el convencimiento de que la masacre oficial, que estremeció hasta los cimientos lo mismo que adujo defender, el Estado de Derecho, sin duda ocupará un lugar destacado en la historia universal de la infamia.

Samuel Camargo Hidalgo

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