Un colombiano viaja siempre con su pecado original a cuestas. Sabe uno que nada teme, que el único polvo blanco que lleva en el equipaje es un tarrito de Mexsana, pero aun así carga la certeza de que en cualquier momento, en cualquier aeropuerto del mundo, a algún gendarme de la Aduana le chillará nuestro púrpura pasaporte y nos hará pagar por la culpa congénita de esos que nos avergüenzan por el mundo: la costumbre sana nos hará más susceptibles al dogma universal del prejuicio.
Rumbo a Chile, integrantes de una delegación cultural, no somos menos vulnerables. En el aeropuerto de Santiago, como en muchísimos del mundo, 'raqueta' se ha visto, y más a la hora en que arribaremos, las tres de la madrugada, cuando hay más posibilidades de que un guardia esté desocupado y aburrido. La delegación es tan heterogénea como cualquier colectivo nacional: allí van Jorge Veloza con el team completo de los Carrangueros de Ráquira. Y va también el destacado Felipe Paz, quien ha relatado a Colombia a través de sus magistrales documentales. El otro integrante, el que menos se hace notar, es un poeta sin gloria, retraído y silencioso. A excepción de un perro inquieto que olisquea nuestro equipaje con interés, la llegada transcurre en paz. Carrangueros, director y poeta pasamos sin inconvenientes ni mayores recelos. Esta vez, el estigma nos ha perdonado.
Una ciudad gélida nos recibe afuera, no así el supuesto conductor que debía esperarnos. En evidente actitud de despiste, somos pronto abordados por una pareja de taxistas. Son chilenos elegantes. Se expresan con propiedad.
Nos preguntan si somos la delegación colombiana que va a la Feria del Libro y nos invitan a reunirnos a un lado. Luego aparece otro tipo, con las mismas características de los otros. Habla por un ronco radio portátil y obtiene por respuesta un galimatías que ninguno de nosotros descifra. Nos dice que nuestro chofer se confundió y está a una hora de distancia, que lo tendríamos que esperar, pero que ellos con mucho gusto nos pueden llevar al hotel. Por 40.000 pesos chilenos, es decir 66 dólares. ¡Ni en el aeropuerto de Londres cuesta tanto una carrera! Pero estamos en manos de ellos. No hay más taxis. Tenemos sueño, un frío que no respeta ni carranga ni poesía. Nos conducen a través de unas misteriosas escaleras y hallamos sus vehículos convenientemente parqueados al lado de dos cajeros automáticos. Ya para entonces los boyacenses, como toda la delegación, han leído clarito el esquema. Pa' paquete chileno, un colombiano. Ante tantas sofisticadas formas de timo que existen en nuestra lejana patria, aquella es una celada de párvulos. No somos bandidos, pero tampoco pendejos. No obstante, estamos en manos de ellos y mantenemos como única defensa un digno silencio, que nos acompaña entre las calles solitarias de Santiago, semáforos que cambian sin clientela.
Llegamos al hotel y es aquí donde el poeta se crece. Raudo, se le acerca al recepcionista y averigua cuánto vale la máxima desde el aeropuerto. Diecinueve mil pesos. De inmediato confronta a los taxistas, les exige identificación, les advierte que al día siguiente hablará con las autoridades, toma las placas de los vehículos. Los taxistas se miran nerviosos. Sabemos que si fueran delincuentes colombianos, y no cándidos timadores chilenos, ya estaríamos encañonados, dando un plácido paseo por los cajeros automáticos de la capital. Pero no. Los taxistas están temblando: la poesía orgánica de un bardo fastidiado los ha hecho tiritar. Es allí cuando el poeta suelta la frase que aún no olvidamos:
-¡Sepan que somos colombianos, más bandidos que ustedes!
Todos estamos orgullosos. Nuestro corazón late al son de La cucharita. Esta vez, nuestro dolor nacional ha servido para algo, lo cual corroboramos mientras los taxistas huyen despavoridos con tres pesos en el bolsillo, y nuestro héroe comienza a urdir un próximo pésimo poema épico. Esta vez el dolor nacional es nuestra euforia. Esta vez somos ganadores en el mundo.
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